Cuando podemos disfrutar de un espacio de permiso donde ejercitar nuestra verdadera expresión, des de uno mismo, o imitando el movimiento de los otros, guiando, ayudando, ayudándome, explorando la voz, deshaciendo nudos con el masaje, volviendo a respirar, dejándome fluir con el movimiento orgánico de mi cuerpo, tomando conciencia, cambia mi anatomía y transforma todo mi ser. Es un beneficio integral para toda mi ser.

A veces es tan simple como poder trazar un gesto, descubrir nuevos apoyos en el cuerpo, probar nuevas maneras de movernos con la ayuda del grupo o poder hilar una danza con elementos aparentemente irreconciliables, para experimentar todo un nuevo mundo que se abre.

Todo puede ser acogido en una danza: cualquier idea, emoción, inspiración, recuerdo, dolor… es digno de ser mirado, escuchado, bailado. A menudo se esconden muchos tesoros detrás que esperan emerger a la superficie, encontrar un lugar en el cuerpo y en el espacio.

Cuando podemos permitirnos toda esta expresividad, toda esta vida, entonces la conexión con nuestra esencia es automática, la entrega a la vida más fácil, y la resonancia con los otros resulta des de un lugar más abierto, menos mecánico y más auténtico.

La danza nos armoniza y completa, recoge e integra todas nuestras partes, des de la menos valoradas hasta las más sublimes. Y esta integración calma y libera.

La danza es una entrega al impulso de vida, a sus movimientos, es un movimiento que va a favor de la vida. Un impulso que se vio ahogado por las largas horas que pasamos sentados en las aulas, en el trabajo, o cuando se nos prohibió correr, saltar, gritar, movernos como queríamos, por ideas introyectadas y un largo etcétera.

Tomamos como fundamento y base teórica el enfoque de la terapia Gestalt, que usamos en el trabajo corporal. Este trabajo también se nutre de las enseñanzas de Gurdjieff y Nicol.

Graciela Figueroa cuenta que la alegría de la danza es capaz de acoger todas las tristezas. Esta seria quizás la gran armonización, hacer que todas las notas en nosotros suenen en nosotros al unísono, que todo lo que somos pueda bailar a la vez, que cada nota de color encuentre su lugar y se armonice con las otras.

Hacerlo es un recurso al alcance de todas las personas. De todos los cuerpos, edades y procedencias. Con conocimientos o sin ellos. Por que la sabiduría del cuerpo es inherente a todo ser humano, y porque el cuerpo ha sido diseñado para estar en movimiento, para fluir con el cambio.

Sólo es necesario reunirnos alrededor de un círculo, como se ha venido practicando des de los inicios de la humanidad, acompañados por la música y por un grupo que actua como útero, como soporte y acogida, y dejar que nuestro cuerpo pueda moverse como necesita. Nada más y nada menos. A partir de ahí, el viaje es una aventura que nos convoca a todos y todas.