Cuando estamos en trabajos de profundización en clase o en formación, me viene a menudo a la memoria que hará unos diez años atrás, pocos días antes de emprender un viaje sola al sur de África, sentí una especie de terror al viaje, a lo desconocido, y a la soledad posible que podría experimentar ahí, en el fin del continente. Entonces fue mi padre quien se aventuró a explicarme una historia de cuando él era joven y trabajaba en alta mar en un navío de pesca y congelados. No me acuerdo con exactitud de los detalles pero sé que mi padre al recibir malas noticias allende los mares, necesitó la compañía y la escucha de un compañero nave y de trabajo, que le ayudó y socorrió en ese momento para él difícil, aunque prácticamente no hablaban ni el mismo idioma, y no compartían más que la necesidad de trabajar juntos; el otro supo reconocer la necesidad de mi padre, atender su simbólico grito de ayuda, y él pudo dejarse recibir esa ayuda, el calor de la compañía de un igual. A este punto de la historia mi padre me anunció como antídoto para mi viaje: estés donde estés, vayas donde vayas, tutto il mondo è paese, que no es otra manera de decir, todos somos Uno, todas somos del mismo pueblo y encontrarás la ayuda allá donde vayas y que estés necesitando, sea de quien sea.

atencion individual Así que en momentos difíciles de este trabajo de Río Abierto, cuando alguien contacta con un dolor tan grande que es difícil de sostener y sentir, de pronto alguien del grupo o todo el grupo se hace pueblo, familia, “paese” para la persona que está necesitándolo. De pronto aquel ‘extraño’ aquella ‘extraña’ con la que compartía clase, un día pasa a ser un igual, por que la alegría esencial y la tristeza esencial que esa persona vive, “tocan” y llaman a la humanidad que hay en mí, a la fuerza curativa y de ayuda que soy portador o portadora como ser humano.

En este encuentro se da entonces una “abrazo cósmico”, que incluye el dolor del otro y mi dolor también, porque lo que se vive ahora en ese instante resuena con mi experiencia vital como ser humano.

Se abraza la experiencia pasada y la presente, la mía y la suya, la nuestra. Y esta simple presencia del acompañar, este reconocimiento de la humanidad que nos hace iguales y nos une, acompaña al otro para atravesar esta vivencia que necesita de la compañía otra para ser vivida, sentida, disuelta.

Graciela dice “ayudar, ayudándome”, ayudándonos. En este abrazo se cura uno y se cura el otro, es el grupo entero que se cura, se expresa lo no dicho, se completa y se libera. En este baile de ayudas, al final perdemos la frontera entre quién recibe y quién ayuda, un límite que desaparece.

Y de esta experiencia de dar, recibir, vivir, transformar, liberar, parece que salimos con más fuerza, renovadas, valientes, humanas. Porque parece que a fin de cuentas, tutto il mondo è paese.